La revuelta comunera

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La revuelta comunera

La revuelta comunera

Muchas ciudades se opusieron a este viaje del rey, siguiendo la iniciativa de los regidores de Toledo que mandaron un escrito en ese sentido a numerosas ciudades, recabando su adhesión.

Al mismo tiempo, se estaba gestando en todo el reino de Castilla (y de Valencia) un movimiento de protesta de pueblos y ciudades al grito lanzado en Toledo de ‘mueran los flamencos’, (Segovia, León, Burgos, Valladolid etc.) que dio lugar a la guerra de las comunidades o de los comuneros (1520-1521) y que tuvo sangriento eco en La Rioja.

Haro se alzó contra el Condestable de Castilla, que disolvió el Concejo (ayuntamiento de entonces) y puso en su lugar a 20 hombres de su confianza, sometiendo al pueblo, mientras los cabecillas huían a Nájera. Allí la ‘comunidad’ se alzó también contra el poderoso Duque de Nájera el 14 de Septiembre de 1520, tomando la ciudad pero, cuatro días después, llegó el Duque procedente de tierras navarras con un fuerte contingente militar, arrasando e incendiando cuanto encontraba en su camino.

De este modo consiguió capturar y mandó ahorcar a 5 de sus cabecillas, acabando con la rebelión. El corregidor de Logroño y otros 4 regidores (alcaldes de la comarca) quisieron impedir el empleo de la fuerza, haciendo de mediadores, pero su intento fue en vano.

La revuelta comunera, cuya interpretación histórica es variada y compleja, adquirió el carácter de guerra civil (algunos historiadores -exagerados en mi opinión- la califican como la ‘1ª revolución francesa’) y tuvo sangrientos episodios en Mora (Toledo), Torrelobatón, Toro y otros pueblos y ciudades importantes de Castilla.

Fue sofocada por las tropas fieles al rey en la batalla de Villalar (cerca de Valladolid) el 24 de Abril de 1521, donde perecieron alrededor de 600 comuneros y sus principales cabecillas, Padilla (de Toledo), Bravo (de Segovia) y Maldonado (de Salamanca) fueron ejecutados el mismo día.

El movimiento comunero, vencido militarmente, fue desapareciendo a medida que Carlos I, ya emperador, corrigió sus primeros desaciertos y consiguió que el pueblo y la nobleza del país le aceptaran como rey y apoyaran sus empresas.

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