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Diego de Villar

Nació este hábil cirujano hacia el año 1160 en el pueblecito de Villar de Torre, a orillas del río Tuerto, en La Rioja Alta.

Pertenecía a una acomodada familia que había ocupado algunos puestos de relieve en la antigua corte de Nájera.

Aficionado a la medicina, marchó a Toledo, centro por aquel entonces del saber cristiano, y allí, en contacto con árabes y judíos, aprendió pronto el arte de sanar dolencias y practicar atrevidas operaciones.

Estaba, igualmente, influido por ciertas prácticas de alquimia, al estilo de la época. Su ciencia extendióse rápidamente, llegando a oídos de don Alfonso VIII, su casi paisano, quien le tomó a su servicio como médico de cámara.

Tuvo, al decir de un cronista, “casa, mesa y sueldo real”. Intervino a príncipes y monarcas, entre ellos al emir moro de Sevilla, con quien nuestro soberano mantenía excelentes relaciones de amistad por aquel entonces.

Acompañando a su séquito, hallóse en el encuentro del cerro de Alarcos, en tierras manchegas, contra los almohades, donde cayeron más de 20.000 caballeros cristianos y resultó herido el mismo don Alfonso, que tuvo que ser curado en su tienda por el afamado físico riojano.

Más adelante, en 1212, consiguieron sus armas un señalado triunfo en la memorable jornada de las Navas de Tolosa. Diego Villar falleció poco después que su regio protector, en la primavera del 1215, y fue enterrado en la imperial ciudad del Tajo, bajo las losas de una modesta ermita existente en sus inmediaciones.

Diego de Villar
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