El conde de Nieva

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El conde de Nieva

Don Diego López de Zúñiga y de Velasco, cuarto conde de Nieva, señor de Arnedo y de otros lugares, nació en Arnedo, en la llamada Casa Palacio, edificio noble del siglo XV, que se destruyó para edificar el actual en el XVIII, el cual da nombre a la calle donde se asienta.

Fue bautizado en la parroquia de Santo Tomás, que era la de los condes.

Es inútil buscar su partida sacramental, pues el registro eclesiástico empezó en esta iglesia en 1545. Pero hemos encontrado el nombre de don Diego en las partidas de sus nietos. Así, por ejemplo, en el libro primero, folio 20, se registra el bautismo de María, en el año 1562, y se dice textualmente: “Sus abuelos de la parte del padre fueron Diego López de Zúñiga y de Velasco, conde de Nieva, y doña María de Zúñiga, su mujer”.

Cuando en Arnedo se festejaba el nacimiento de esta nieta de don Diego, su abuelo, el conde, gobernaba, en nombre de Felipe II, el extenso territorio del virreinato del Perú.

El virrey arnedano, al tomar posesión en 1558, publicó una Instrucción de gobierno que comprendía diecisiete capítulos.

Proveyó de correo mayor y de cronista oficial a la ciudad de Lima. Abrió caminos y construyó puentes. Preparó nuevos descubrimientos por tierras de la costa del Pacífico. Fundó, entre otras, las ciudades de Francisco Aguirre, Santiago del Estero, en Tucumán; Santiago de Miraflores, Ica, Nieba y, ¡cómo no!, Arnedo, en el pintoresco valle de Chancay, y la destinó para universidad del Perú, pero no pudieron realizarse sus sueños.

El arnedano practicó una inteligente labor colonizadora repartiendo tierras a españoles y naturales del país. Su mandato se distinguió por la rectitud de su conducta y la generosa protección dispensada a los indios, a veces oprimidos por la rapacidad de aventureros españoles.

El 1 de enero de 1564, el virrey dictó un bando que prohibía a los habitantes de Lima salir embozados después de las diez de la noche. Veinte días después moría don Diego a manos de uno de estos embozados, en la calle “Trapitos”, aunque otros sostienen que murió en cama de muerte repentina. El nombre del virrey arnedano ha pasado no sólo a las páginas de la historia, sino también a las de la literatura nacional del Perú.

En Arnedo se conserva, adosado a los muros de la que fue su Casa Palacio, un medallón en piedra con su efigie y otro con el de su mujer.

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